Las tiranías de ayer y de hoy. Capitulo 3 La Rusia de los Zares.
Siempre estamos dispuestos a obedeceros —replicaron—; pero hace algunas semanas hemos sido padrinos en un bautizo —explicando con tal motivo
Andrei sus deseos e intenciones. El resultado fue que se le envió a la caja de
reclutas y se le hizo soldado.
En tiempo de Nicolás I no existía el servicio militar obligatorio como sucede hoy. Los nobles y los comerciantes se hallaban libres de él; y cuando se
ordenaba una nueva leva de reclutas, los propietarios territoriales tenían que
presentar un número determinado de siervos. Por lo general, los labriegos en
sus agrupaciones comunales guardaban un registro para su uso particular;
pero los dedicados al servicio doméstico se hallaban por completo a merced
del señor, y si éste estaba disgustado con alguno, no tenía más que mandarlo a la caja de reclutamiento y recoger el correspondiente recibo, que tenía un valor de importancia, pues podía venderse a cualquiera que le tocara la
suerte de soldado.
El servicio militar, en aquellos tiempos, era terrible: se le exigía a un hombre servir veinticinco años bajo banderas, y la vida del soldado era extremadamente penosa. Entrar en el ejército significaba verse separado para siempre
de su pueblo natal y de la comarca, y hallarse a merced de jefes como Timoféiev, de quien ya me he ocupado. Golpes de los oficiales, azotes con varas
de abedul y palizas por la más leve falta, eran cosas normales. La crueldad
de que se hacía gala se sobreponía a todo lo imaginable. Hasta en los cuerpos de cadetes, en los que sólo recibían instrucción los hijos de los nobles,
se administraban algunas veces mil azotes con varas de abedul, en presencia
de todo el cuerpo, por cuestión de un cigarrillo, hallándose al lado del niño
atormentado el médico, quien sólo ordenaba que se suspendiera el castigo
cuando observaba que el pulso se hallaba próximo a dejar de latir. La víctima, cubierta de sangre y sin conocimiento, era llevada al hospital. El jefe de
las escuelas militares, el gran duque Mijail, separaría pronto al director de un
cuerpo donde no hubiera habido uno o dos casos semejantes todos los años.
No hay disciplina, hubiese dicho.
Con simples soldados la cosa era mucho peor. Cuando alguno de ellos
aparecía ante un consejo de guerra, la sentencia era que mil hombres se colocaran en dos filas una frente a otra, estando cada soldado armado de un
palo del grueso del dedo pequeño (el cual era conocido por su nombre alemán de Spitzruten), y que el condenado pasara tres, cuatro, cinco o seis veces
por el centro, recibiendo un golpe de cada soldado, vigilando la operación
los sargentos, a fin de que aquéllos le dieran con fuerza. Después de haber
recibido mil o dos mil golpes, la víctima, escupiendo sangre, era conducida
al hospital, donde se procuraba curarla, con objeto de que se concluyera de
aplicar el castigo tan pronto como se hallara más o menos repuesta del efecto
de la primera parte; si moría en el tormento, la ejecución de la sentencia se
completaba en el cadáver. Nicolás I y su hermano Mijail eran implacables;
no había jamás indulto posible. Os daré una carrera de vaquetas que os hará
saltar la piel, eran amenazas que formaban parte del lenguaje corriente.
Relato extraído del libro Memorias de un revolucionario de Piotr Kropotkin.
Max Meminger
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